No hacia ni frio ni calor, al atardecer.
Nos vemos lo suficientemente poco como para tener ganas de reencontrarnos cada vez.
Ella me dijo – estas fantástica- y yo le dije – tú también-. Sonreímos sabiendo que era una mentira descomunal porque como dice Quevedo, nacer es empezar a morir. Y porque el paso del tiempo ha escrito otros cuentos en nuestros rostros.
Mientras tomábamos un café con leche caliente de esos que invitan a la confidencia, de esos que pintan los labios de espuma, hablamos incansablemente.
Me contó Marie que había protagonizado un escándalo de proporciones mayúsculas en un pleno del Partido. Y para más inri delante de Pierre, su ex marido, un político carismático, un hombre de quitar el hipo por las virtudes teologales que le adornan.
Fue y sigue siendo un feo con gancho. Hay en él un algo impreciso que le hace irresistible. Un cierto modo de hablar de andar. Una voz, una forma de mirar que parece estar diciendo sin decir, mariposilla si te acercas te puede pasar lo mismo que a Ícaro.
Solo una vez trató de seducirme. Fue tan sutil el gesto, tan galante, que quedó suspendido en la liviandad del aire sin dejar huella.
Después nos hemos encontrado muchas veces en diferentes circunstancias; por razones políticas, sociales o artísticas. Cualquier ocasión ha sido buena para celebrar y estrujarse un poco. Sacudidas burbujeantes.
Marie es una mujer múltiple. Oceanógrafa, psicóloga, pianista y actriz. Quebecuá profunda, cálida, habla sin anestesia, dice lo que siente y trata de no callar lo que piensa. Tiene una gracia añadida muy particular. No es un secreto. Ella además se troncha de risa cada vez que recordamos lo que voy a contar.
Pues resulta que tiene unas tetas con vida propia, con ritmo.
Puede hacer con ellas lo que se le antoje, por ejemplo círculos excéntricos perfectamente sincronizados.
La primera vez que vi el numerito llevaba mi amiga un vestido de seda azul real casi hasta el tobillo, de buena caída, muy simple y muy pegado al cuerpo.
Estábamos celebrando el triunfo electoral del P.Q. en su casa abarrotada de amigos y partidarios. Entrada la noche y pletóricos los ánimos, cada cual hacia lo que sabía dependiendo de la desinhibición proporcionada por los vapores etílicos y el gustazo de la victoria.
A una levísima insinuación de Pierre, Marie se plantó en lo más alto de las escaleras y empezó a bajarlas en plan Gloria Swanson en Sunset Boulevard. Lentamente, magnífica, haciendo danzar el par de tetas, luciendo sus pezones tersos, acercándose juguetona y voluptuosa al candidato, cuyo nombre obviamente callo.
El azul quebecuá pegado como un guante al cuerpo menudo de Marie, los círculos mágicos y sinuosos a un palmo, y ella cantando con voz hormonal “Mon homme”.
No había trampa.
Me acordé de Galileo, y sin embargo, se mueve...
La situación resultaba insostenible porque todos daban por supuesto, por la actitud de él, que entre los dos había complicidades íntimas.
Cuando se dio cuenta ella de la intención perversa del individuo, fue derecha al frutero que adornaba la mesa de la entrada e hizo puntería.
Jura Marie que antes de lanzarlo pensó en las consecuencias, en el escándalo, incluso en la venganza del agresor. Y no le importó. Se lo estrelló con tantas ganas y con tanta fuerza, que los cristales saltaban y brillaban entre las ciruelas hechos mil pedazos.
Como todo cobarde se quedó lívido, iracunda la mandíbula. Como todo chulo se ajustó el cinto y se palpó las bolas. Como todo provocador se lavó las manos y apuntó con el dedo.Y ella, como toda mujer avasallada, se restregó con estropajo, desde la frente hasta más alla de los pies, en cada ducha de las siete que se dio antes de ir a la cama y encerrarse en casa bajo otras siete llaves.
-Que te parece- pregunta Marie. – ¡Que te parece!- El muy canalla.
-Que tienes una puntería envidiable- le dije.
-Que siempre has tenido un par de tetas bien puestas y que mereces encontrarte en la vida con el hombre que te haga una declaración de amor retro como ésta que me ha contado un notable y romántico amador.
La pintura es de E Munch
Solo una vez trató de seducirme. Fue tan sutil el gesto, tan galante, que quedó suspendido en la liviandad del aire sin dejar huella.
Después nos hemos encontrado muchas veces en diferentes circunstancias; por razones políticas, sociales o artísticas. Cualquier ocasión ha sido buena para celebrar y estrujarse un poco. Sacudidas burbujeantes.
Marie es una mujer múltiple. Oceanógrafa, psicóloga, pianista y actriz. Quebecuá profunda, cálida, habla sin anestesia, dice lo que siente y trata de no callar lo que piensa. Tiene una gracia añadida muy particular. No es un secreto. Ella además se troncha de risa cada vez que recordamos lo que voy a contar.
Pues resulta que tiene unas tetas con vida propia, con ritmo.
Puede hacer con ellas lo que se le antoje, por ejemplo círculos excéntricos perfectamente sincronizados.
La primera vez que vi el numerito llevaba mi amiga un vestido de seda azul real casi hasta el tobillo, de buena caída, muy simple y muy pegado al cuerpo.
Estábamos celebrando el triunfo electoral del P.Q. en su casa abarrotada de amigos y partidarios. Entrada la noche y pletóricos los ánimos, cada cual hacia lo que sabía dependiendo de la desinhibición proporcionada por los vapores etílicos y el gustazo de la victoria.
A una levísima insinuación de Pierre, Marie se plantó en lo más alto de las escaleras y empezó a bajarlas en plan Gloria Swanson en Sunset Boulevard. Lentamente, magnífica, haciendo danzar el par de tetas, luciendo sus pezones tersos, acercándose juguetona y voluptuosa al candidato, cuyo nombre obviamente callo.
El azul quebecuá pegado como un guante al cuerpo menudo de Marie, los círculos mágicos y sinuosos a un palmo, y ella cantando con voz hormonal “Mon homme”.
No había trampa.
Me acordé de Galileo, y sin embargo, se mueve...
Pues eso mismo pasó con las tetas apoteósicas de Marie.
Creo que jamás habrá sido tan aplaudida y celebrada como en el salón de su casa el día del triunfo de la flor de Lys.
En cuanto al Herodes de aquella Salomé, no me cabe duda de que hubiera hecho rodar mil cabezas por ver sus senos danzantes a la altura de los ojos o de la boca apenas cubiertos entre la seda.
Volviendo al café espumoso de ayer con mi amiga todavía acelerada, me contó con lujo de detalles y las manos al viento lo que le había pasado hacia escasamente unas horas. Otro percance más en la sede del Partido. Me dijo que el percance seguramente le costaría la expulsión. Que Pierre había dejado varios mensajes en el respondedor pero que no pensaba de momento contestar a nadie. Antes quería desahogarse conmigo, deshacerse de la rabia. Y celebrar su salida de madre liberadora.
Le había encasquetado un frutero lleno de ciruelas a un cantamañanas en el anfiteatro abarrotado de gente durante el pleno. Se trataba del eterno infaltable que a la postre nadie sabe con certeza de donde viene y mucho menos a donde va. El típico provocador de oficio disfrazado de intelectual revolucionario con ramalazo de chulo.
Me explicaba Marie con ojos y manos que el tipo era pegajoso como un limaco, que no la dejaba en paz, que la asedió sin tregua, que sentía su resuello en la nuca, que se había convertido en una sombra, en un susurro enfermante. Que la había besado en el cuello, por detrás, a traición, aprovechando la cercanía. Que en ese momento le hubiera estampado contra la pared. Que hiciera lo que hiciera se encontraba con sus manos y que el asco la sacó de sus casillas. Que no podía marcharse dada las circunstancia. Faltaba su ponencia. La de ella, una de las históricas del Partido.Creo que jamás habrá sido tan aplaudida y celebrada como en el salón de su casa el día del triunfo de la flor de Lys.
En cuanto al Herodes de aquella Salomé, no me cabe duda de que hubiera hecho rodar mil cabezas por ver sus senos danzantes a la altura de los ojos o de la boca apenas cubiertos entre la seda.
Volviendo al café espumoso de ayer con mi amiga todavía acelerada, me contó con lujo de detalles y las manos al viento lo que le había pasado hacia escasamente unas horas. Otro percance más en la sede del Partido. Me dijo que el percance seguramente le costaría la expulsión. Que Pierre había dejado varios mensajes en el respondedor pero que no pensaba de momento contestar a nadie. Antes quería desahogarse conmigo, deshacerse de la rabia. Y celebrar su salida de madre liberadora.
Le había encasquetado un frutero lleno de ciruelas a un cantamañanas en el anfiteatro abarrotado de gente durante el pleno. Se trataba del eterno infaltable que a la postre nadie sabe con certeza de donde viene y mucho menos a donde va. El típico provocador de oficio disfrazado de intelectual revolucionario con ramalazo de chulo.
La situación resultaba insostenible porque todos daban por supuesto, por la actitud de él, que entre los dos había complicidades íntimas.
Cuando se dio cuenta ella de la intención perversa del individuo, fue derecha al frutero que adornaba la mesa de la entrada e hizo puntería.
Jura Marie que antes de lanzarlo pensó en las consecuencias, en el escándalo, incluso en la venganza del agresor. Y no le importó. Se lo estrelló con tantas ganas y con tanta fuerza, que los cristales saltaban y brillaban entre las ciruelas hechos mil pedazos.
Como todo cobarde se quedó lívido, iracunda la mandíbula. Como todo chulo se ajustó el cinto y se palpó las bolas. Como todo provocador se lavó las manos y apuntó con el dedo.Y ella, como toda mujer avasallada, se restregó con estropajo, desde la frente hasta más alla de los pies, en cada ducha de las siete que se dio antes de ir a la cama y encerrarse en casa bajo otras siete llaves.
-Que te parece- pregunta Marie. – ¡Que te parece!- El muy canalla.
-Que tienes una puntería envidiable- le dije.
-Que siempre has tenido un par de tetas bien puestas y que mereces encontrarte en la vida con el hombre que te haga una declaración de amor retro como ésta que me ha contado un notable y romántico amador.
-Yo la quiero a usted ¿y usted a mí?
-Si
-Pues deme una prueba de su amor
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La pintura es de E Munch

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