miércoles 23 de septiembre de 2009

Dímelo al oído tan solo a mí...





No, ésta noche no he soñado con Manderley. Eso solo puede hacerlo Daphne Du Maurier. Ésta noche, despierta, me he perdido sin querer en el laberinto de la memoria o de la imaginación caprichosa y despiadada. Fuera ha empezado el otoño quebecuá, al fin, oh placer de los sentidos. El viento sacude las ramas de arce cerca de la ventana, las mismas que me han sacado del dormir profundo en el que estaba a saber en qué abismos sumergida. El rio San Lorenzo acarrea en sus aguas caudalosas hacia el mar, los estragos de un sol omnipresente, y Montreal descubre poco a poco su belleza única de diosa otoñal. Dentro de poco las hojas de mil colores nunca iguales a ningún ayer, bailaran en el aire hasta caer rendidas esperando la protección de la nieve para alimentar la tierra.



Por la ventana semiabierta solo entraba el silencio. En ese entretanto he pretendido cerrar los ojos, como si al cerrarlos negara todo acceso al pensamiento, a las imágenes que apresuradas se disputan el primer plano. Es mucho el frenesí. Algunas vienen desde muy lejos, muy lejos. Ni siquiera son mías. Son de una niña muy chiquita, casi recién nacida, que está nadando; quizá flotando en el agua tibia de una playa o de un rebalso, al anochecer. No hay nadie, solo ella. Una soledad áspera.

Debe ser porque ayer encontré una fotografía que me regaló cuando ambas estábamos llenas de secretos confesables, sin saberlo.

Sigo.

Algo malo habría hecho esa niña de apenas seis años para que la llevaran a un internado siendo tan pequeñita, tan frágil. Algo malo. Los niños son malos por definición; afirman rotundamente los mayores. Algo malo debió hacer la criatura, porque uno no se desprende así como así de los hijos de la noche a la mañana si no es por fuerza mayor, o porque te los quitan, o porque desaparecen. Sobre todo una madre. Sobre todo un padre cariñoso y entrañable como era el padre de Rosamunda. Aunque demasiado ausente, demasiado conciliador, incapaz de enfrentar a su esposa o al resto de sus cuatro hijos varones.
Recuerda mi amiga que una vez, la tuvieron que arrastrar escaleras abajo para llevarla de nuevo al colegio después de unas vacaciones de Navidad en casa de sus padres. Jura que aquella mujer se desprendía con rabia de los diminutos brazos que no querían soltarla, que seguían buscando la protección de una caricia, de un abrazo, de algo que pareciera ternura. Pero cuando se aferró a la barandilla de roble magníficamente torneada, las manos de la madre golpearon arrebatadas las de su hija, una y otra vez, una y otra vez, y otra, y otra. Así fue desprendiendo, mejor dicho, arrancando de la madera, uno por uno los diminutos dedos que hinchados y enrojecidos se resistían a ceder, esperando el milagro.

Por qué no me quieres, por qué no me quieres.

Cállate de una vez , dijo la madre desde el umbral de la puerta. Espero que las monjas te enseñen a ser dócil y disciplinada. Te estás portando fatal. No volverás a casa hasta que termine el curso. Mira el escándalo que estás armando. Qué vergüenza. No te quiero nada. Vete antes de que pierda la paciencia. No te quiero ver, mala hija. Vete.

Rosamunda aun recuerda la nausea desde la garganta hasta el astrágalo. Recuerda los golpes en las manos, el descontrol. Palabra por palabra, gesto por gesto, recuerda todo: la densidad del aire, el color de la luz entrando por las vidrieras de la escalera, los temibles ojos negros de aquella mujer, pozos sin fondo.

Entre su padre y el chófer la bajaron al coche envuelta en una mantita de lana escocesa de color marrón, beige, verde hoja y rojo oscuro, con ribete de cuero. Olía a Atkinson´s. Y así se quedó, acurrucada en el asiento de atrás, su cabellera de largas trenzas descansando sobre el regazo de su padre. Era una mañana muy fría de invierno. La niebla a ras del suelo obligaba a circular despacio por carreteras desoladas, entre nogales y espinos fantasmagóricos.

Mientras Rosamunda empapada en lágrimas fingía dormir, el padre con voz queda y muy triste, musitaba una canción, mirando sin ver a través de la ventanilla. Asegura ella que es la única vez en la vida que le oyó cantar. Ni volvió a escuchar aquella canción que decía así:

Dímelo al oído tan solo a mí, que nadie te ha querido como yo a ti.

Bien sabe Dios que no fue él quien eligió desprenderse de su hija tan temprano. La tragedia hasta el final de sus días fué que nunca le dejaron demostrar lo muchísimo que le importaba. Para aplacar la envidia reinante y el resentimiento en el seno familiar, tuvo que desprotegerla, tuvo que alejarla. Tuvo incluso que simular indiferencia y menosprecio.

No se le permitió ver crecer a su hija, ni tenerla cerca, ni cuidarla, ni quererla con toda el alma. Porque ese tierno sentimiento, su noble cariño, fueron desde un principio, el mayor de los delitos, un pecado imperdonable.

Tanto es así que Rosamunda confiesa haber sentido, cuando todavía nadaba en las procelosas aguas de un útero implacable, el rechazo visceral de su madre, y el gran amor de su padre.


De no haber sido por esa dulce y honda querencia, hubiese nacido autista.

Tanto es así que Rosamunda sostiene que aquel hombre murió antes de tiempo porque no pudo soportar la envidia, el rencor, los celos, la codicia y la ambición, entre los suyos, a su alrededor. Tarde se dio cuenta que la mala sangre había calado hasta el tuétano. No quiso seguir viendo, y no quiso luchar más. Cuando la muerte piadosa vino a buscarle, le encontró de la mano de su hija, en paz. Antes de irse le dijo: Defiéndete. Acuérdate de mí y defiéndete.
Y ella no lo ha olvidado.

Pero ahora es tarde para afirmar o negar palabras al borde de la eternidad. Fabulaciones y sobresaltos se entremezclan y acosan de madrugada. Quién sabe si mi amiga cuenta verdades a medias, o misericordiosas mentiras cuando mira su vida.

Sobresaltos y fabulaciones, conservan en la retina la textura de la pintura en la pared de la enfermería del internado del fabuloso colegio, donde pasaba las horas encerrada. Tuvo mucho tiempo para leer y pensar, para seguir el ir y venir de las sombras acechantes, de las sombras cuando se detenían, como un mal presagio en el dintel de la puerta, de las sombras cuando se agrandaban gigantescas hasta el techo sin fin. Y aquel olor a vela rancia, consumida. Los hábitos, las monjas. Los escrúpulos de conciencia.

La noche cubría de temores imprecisos, el cuerpo frágil e insomne de Rosamunda. Luego amanecía, y la soledad se agazapaba en el aire esperando otra vez las tinieblas. No había tregua ni sosiego. Había que apretar los dientes para no dejarse abatir completamente. Mejor enseñar las zarpas. Contra todos. Supo entonces que los lazos de sangre llegaban hasta donde empieza el desamor de los consanguíneos. Ella en adelante solo querría a quien la quisiera; tal vez.

Iba pocas veces a casa de su familia, sobre todo después del incidente de las escaleras.Nunca fué bien recibida. Siempre la tenían interna so pretexto de estar recibiendo una esmerada educación. Cabría entonces mencionar cómo y cuánto en esa refinada educación, en ese mantenerla enclaustrada, operaban poderes fácticos.


Por ejemplo el de una íntima amiga de la casa. La llamaremos Lissette. Tenía gran ascendiente en la madre de Rosamunda. Era una ser que reptaba. A medio camino entre Dios y el diablo, medio monja medio seglar, medio hombre medio mujer, de edad indefinida, gorda fellinesca pero de rancias carnes desmadejadas, boca babosona y pelo recortado a cuchilladas. Era rata de sacristía, de alcantarilla, y simplemente rata. Mucho más mala que buena, amiga de obispos y Cardenales, persona extremadamente influyente, e intrigante, profesaba una devoción sin límites hacia los padres de Rosamunda. Sobre todo hacia la madre. Más que devoción, era una obsesión malsana. Llegó el momento en que pensaba por ella, decidía por ella. Decidió por ejemplo que Rosamunda era una influencia nefasta en el hogar, que era respondona, arisca, un calvario para todos. Que había pecado gravemente contra el Cuarto Mandamiento, escribiendo una carta feroz al padre en contra de la madre, cuyo texto, consistía en seis palabras: Qué delito cometí, contra vosotros naciendo. Nada más, solo eso.

Bastó esa acusación, para que efectivamente se tomaran medidas más estrictas y radicales contra la pequeña gran pecadora. Se alargaría el internado per omnia secula seculorum. Se le cortarían las trenzas. Es una sacrílega sentenció Lissette. Se atreve a ir a comulgar sin confesarse. Vive en pecado mortal. Irá al infierno. Pecar contra los padres es un delito importante.
Y su boca llena de babas, temblaba iracunda. Lissette tiene razón, es una sacrílega, repitió la madre de Rosamunda. No sé qué medidas habrá que tomar con ella, no lo sé. Su esposo no opinaba, sin decir palabra se encerraba en el despacho. Hasta el día siguiente.

Durante años la gran sacrílega sufría de pesadillas recurrentes. Una ola de fondo se elevaba hasta el cielo, oscura y espesa, oscilaba detrás de la niña, amenazando con tragarla. Hasta que un día, se dio la vuelta y se atrevió a mirar el fondo del abismo.

No, no he soñado con Manderley. Quién pudiera. Sin embargo Rebecca habita la memoria. Cuando me encontré con la novela por primera vez tenía apenas 16 años y estaba en Inglaterra estudiando. Mi habitación era antigua, auténticamente antigua, un gran ventanal daba al bosque, tenía una cama cuya cabecera era una lamia labrada en madera de nogal, tenía la cabellera suelta y con ella abarcaba en semicírculo la anchura del dosel. El colchón era de lana vareada por lo menos una vez al año. Las mantas también de lana pura eras de las que pesan y cobijan, de las que al mirarlas, al tocarlas entibian los sentidos, provocan y envuelven. Había una gran chimenea en mi dormitorio donde siempre ardía leña con olor a musgo. Quedarse a leer o simplemente a estar consigo misma era casi un acto sagrado, placer furtivo. En esas circunstancias apareció Daphne Du Maurier, y se quedó para siempre poblando misteriosas apetencias.

Si. Esta noche me ha despertado la memoria caprichosa y despiadada. Las horas detenidas, y tal vez una melodía zarandeada por las ramas y el viento de otoño.

Dímelo al oído tan solo a mí, que nadie te ha querido como yo a ti.

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La fotografía es de Max Waldman


1 comments:

Gloria Abalia dijo...

No sé si es ficción o no, no es lo importante, pero que fué una realidad terrible, de eso estoy segura. ¿Cuántas víboras manejaban a madres logrando desnaturalizarlas? me cuesta tanto creer que una madre sea capaz de hacer esto sin sentir al mismo tiempo una daga clavada en el alma... y esos padres escondiendo sus sentimientos (ya que estaba mal visto que un hombre fuera sensible, amoroso, tierno...). Afortunadamente tengo la impresión de que esto ya no existe ya que padres y madres sienten su paternidad al unísono y por ello son mucho más responsables y el hombre está aprendiendo a mostrar sus sentimientos sin complejos.
De cualquier manera, me has encogido el corazón con tu relato.

 
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