miércoles 10 de febrero de 2010

El humo ciega tus ojos




Hacía un calor insoportable en la sala de espera. Mucho frío fuera, la calefacción a tope dentro. La urgencia del conocido hospital ya no funcionaba como en otro tiempo cuando la atención al llegar era casi inmediata. Ahora en cambio había que armarse de paciencia, de unos cuantos libros, o manualidades para no desesperar viendo pasar las horas, una, dos, tres, cuatro, cinco, incluso seis, o siete , dependiendo de la época del año, o del día de la semana, o de la temperatura.

A las 11 de la noche, desde la 8 de la tarde, Antonieta todavía seguía mirando a las musarañas, a los que entraban y salían por el corredor repleto de camillas. Hombres y mujeres paseando agarrados al gotero, enseñando pierna y partes pudendas, arrastrando penas y ayes. Pero ya estaba acostumbrada. La urgencia se había convertido para ella en una prolongación de sí misma, de su casa, de su cama, de su cotidiano. Era su refugio. Tardaba en llegar apenas siete minutos andando, de manera que al primer estornudo, a la primera corazonada, se plantaba allí, evitando los cauces regulares de una consulta normal en la clínica. Además la conocían, y se conocían.

Al cabo de varias horas, los pasillos se empezaron a quedar vacíos y ella entornó los párpados esperando su turno. Dormitó a saltos, incluso soñó brevemente, como entre paréntesis. En aquel dulce sopor , una voz de soprano le preguntó al oído pero gritando, si habría visto pasar a un hombre en traje de frac gris, y sombrero de copa.
Antonieta se enderezó en la silla de un salto. No podía dar crédito a sus ojos. Delante de ella, casi sentada en sus rodillas, una hermosa mujer mayor, vestida de novia, de blanco ebúrneo, con un ramo de rosas rojas en la mano, un velo de muchos metros de tul, hasta el suelo y una maleta forrada de encaje a juego con el traje, buscaba desesperadamente un novio perdido, en el hospital de la metrópolis.

Fue tal la sorpresa, el sobresalto entonces, que pensó que tal vez se habría asfixiado antes de ser atendida por los médicos, sin darse cuenta, en el sueño, y que lo que estaba viendo era su caída libre hacia la nada. Luego se dio cuenta que la opresión en el pecho y en la garganta se debían al abrazo vehemente de la novia que parecía estar muy alterada, que la miraba con ansiedad, sacudiéndola, como si de la respuesta de ella, dependiera su propia vida.
Le dijo que creía no haber visto pasar a nadie en guisa de novio disfrazado.

Ya no había camillas por los pasillos, ni pacientes esperando. Solo ellas. Tal vez más tarde, de madrugada volvería a llenarse la urgencia de soledades incurables, y despiadadas. Tal vez. Pero no, no había nadie más.
Y a usted qué le pasa, con esa cara de agobio, preguntó seca y de repente la dueña de la voz reverberante. Casi escupiendo las palabras.
La pilló tan de improviso la pregunta, el modo de preguntar, que Antonieta no tuvo tiempo de callarse, y le dijo lo primero que se le vino a la boca: No me satisface mi propia respiración. Me pasa a veces, que no respiro como me gustaría. No respiro, no, no, no. Por eso he venido. Porque a lo mejor me muero y no quiero morir sola. ¿Ve? Inspiro, expiro, inspiro, expiro y me ahogo en la ansiedad. Que no, que no respiro.

¿Está segura de que esa es la razón? ¿Semejante gansada?

Tanto como segura, y tanto como gansada…
Y usted, la-blanca-y- radiante, ¿está segura de algo? Quién se cree que es. Más le vale no decir chorradas. ¿Ya ha visto la facha que trae? Ni sé como la han dejado entrar así. Este es un hospital, no un circo, ni una iglesia. Y ya ha pasado la Halloween. ¡Espabilada!

No era mi intención molestar. Ni a usted ni a nadie. No es mi intención molestar. A nadie y menos a usted. Se lo juro por ésta, (hace una cruz con el índice y el pulgar y la besa obsesivamente). Yo solo he venido a casarme. Mi novio está aquí, esperándome. Solo necesito un testigo. Usted. Mi intención, no era molestar. No molestar. No era mi intención. Se lo juro por mis muertos que son demasiados. Por mis amores que son más. Que bajen todos al infierno si miento. Se lo suplico, sea mi testigo, ayúdeme a encontrar al novio que me espera aquí.

Tiene usted una imaginación bastante calenturienta. Déjese de infiernos, déjese de bobilongadas, y déjeme en paz. ¿Le he preguntado yo algo? ¿No, verdad? ¿Le he preguntado que lleva en esa cursilada de maleta ? Pues no, no le he preguntado nada. ¿Le pregunto yo acaso porque se le ha esfumado el novio? ¿Ese, el del frac gris? ¿El del sombrero de copa? ¿El de la rosa añil en el ojal? ¿No verdad? Entonces, busque a su caballero andante, pero no sea pelma.

Se levantó y empezó a pasear de una punta a otra por el enorme pasillo. Para entonces respiraba perfectamente bien, tan bien como cuando había llegado ahogándose, muriéndose, creía ella. Pero después de tanto ajetreo inesperado, le faltaba un cigarrillo. Cómo le hacía falta fumar. Si eso era. Tendría que fumar un Tiparillo del mejor tabaco habanero, con sabor a miel y a rhum, largo, interminable, aromático, y que el humo cegara sus ojos y que Clark Gable la besara en los labios. Dream, dream, baby, tarareaba con sorna.

La otra la seguía acosadora y persistente como una sombra, envuelta en tules, pétalos de rosa, y seda salvaje flotando en el ambiente cargado de la urgencia del hospital al filo de la medianoche. Persiguiéndola. Rogándola que no la dejara sola. Suplicante.

A ver, dijo Antonia, cuénteme la verdad, dígame que hace usted con esa facha, de dónde se ha escapado, que es lo que busca. Y que he hecho yo en la vida para merecer esto. Como si no tuviera poco con mis rosas y mis espinas. Como si no tuviera una suficiente con soportar besos repugnantes, flirteos babosos, promesas de amor inconclusas, fantoches disfrazados de persona. Como si no tuviera una que conformarse con lo que deja la ola, lo que nadie quiere, los despojos de la noche.
Hay que fastidiarse. Ni siquiera puedo asfixiarme tranquila, esperando mi turno, de morir, de reventar, al fin. No, ahora resulta que tengo que buscarle a Julieta su Romeo extraviado. O envenenado, quién sabe.

Entonces la blanca novia, se convirtió en un torrente de lágrimas que anegaron el velo y el traje de seda salvaje.

Estoy segura que aquí mismo le han hecho desaparecer. Estoy segura, éste hospital es nuestra tumba, musitaba al borde del paroxismo.

Hasta que las lágrimas hicieron un charco alrededor, profundo, abismal mientras repetía sin descanso con la mirada perdida, que era peligroso quedarse dentro.

Por favor, por favor, le suplico que no me abandone.

Antonia a duras penas la arrastró fuera del hospital, deseando que nadie estuviese escondido por los pasillos desiertos, y viera a la novia a punto de desmayarse, sin capa ni abrigo, tal cual había llegado a la urgencia, como una aparición; no fueran a tomarla por un elemento subversivo, por loca, y la encerraran, y no pudiera llegar a tiempo a encontrar a su enamorado. A subir en el último vagón del último tren.

La dejó apoyada sobre la pared de viejas piedras protegida por un tejadillo al socaire de las ráfagas del viento helado y de la nieve mientras buscaba la salida del laberinto, y algo para abrigarse en el entretanto.
¿Quizá su amante la esperaba fuera en un carruaje de caballos enjaezados de blanco esplendoroso?
Antonia se alejó unos pasos farfullando entre dientes, a mí me tenía que pasar, a mí me tenía que pasar, a saber quién es ésta moza. A saber.
Oh, Dios, ni siquiera se me ha ocurrido preguntarle el nombre.
A ver qué hago yo con ella ahora, porque tirada no la voy a dejar.
Y dónde se habrá metido el amado.
San Antonio bendito, tú que siempre encuentras los objetos perdidos, encuéntrale por favor a ésta mujer, su desaparecido amor.

Cuando se dio la vuelta para decirle a la enamorada que no se preocupara, que no llorase más, que le dijera su nombre, que no la abandonaría, que no tuviera miedo; no estaba, ya no había nadie. Solo un charco de lágrimas turbias, casi heladas, donde una maleta abierta, vacía, navegaba a la deriva.


Y flotando contra el viento, nubes desgarradas de tul salpicadas de rojo y azul intenso, se agitaban en la oscuridad de la noche, como brazos extendidos en pos de algo, o de alguien, como gaviotas sin rumbo a merced de la tempestad. Como el humo caprichoso y fantasmagórico de un cigarrillo inmenso encendido en la oscuridad.





miércoles 3 de febrero de 2010

Sube a nacer conmigo, hermano...


Pido disculpas por la falta de rigor y el poco espacio. Es evidente que faltan millones de imágenes. Sirva ésta, de Carter, ya recurrente en mí, y sin embargo imprescindible, de introito al video. Es una niña.

lunes 11 de enero de 2010

Oración por Marilyn Monroe. De Ernesto Cardenal

A veces pienso en ella, en la actriz, en su vida, y en la oración que le dedicó tan magnífico poeta,y la rezo como si fuera hoy, a pesar del tiempo transcurrido.


 
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