viernes 30 de octubre de 2009

Las letras perdidas



Acabo de quemar las últimas hojas de un viejo diario regalo de una amiga, que harta de verme escribir en cualquier sitio y llenarme de letras condenadas a perderse , buscó algo que pudiera convertirse en mi sombra.

Era un cuaderno muy bonito. Sigue siendo especial para mí pero a fuerza de arrancarle páginas ha mermado mucho. En él solo he escrito con pluma y tinta azul marino, o negra, dependiendo del humor. Encuadernado en tela de saco color ocre y papel de textura extra fina, ligeramente satinado, casi amarillo, robó confidencias y secretos durante años. Dónde iba yo, iba él. Perderle, hubiera sido a mí misma perderme. Y eso ya había pasado.

Una vez escondí dos diarios diminutos en el tejado de mi casa, uno tenía tapas verdes y otro granates; hice una señal en la teja con esmalte de uñas, pinté la inicial de mi nombre, pensé que ni lluvias ni tormentas la borrarían. Que nadie imaginaría que estaban allá. Había dejado escrito pecados y amores. Tenía quince años. El tejado es grande y con recovecos. Subí desafiando el vértigo. Valentonadas que una hace cuando la muerte no importa. Luego pasó el tiempo, pasaron los años, y un día, después de una tremenda tempestad de granizo y viento, hubo que cambiar un montón de tejas destrozadas para evitar la inundación. El agua y el salitre habían borrado toda huella de amor y pecado.

Desde entonces escribo y rompo, escribo y rompo, y quemo. El fuego entra en el papel, baila, brilla, reduce a ceniza las palabras, las desborda, las consume.

Mientras desaparece el cuaderno alcanzo a leer entre las brasas frases deshilachadas a punto de consumirse, códigos y nombres acumulados, expuestos, ahora reducidos a ceniza. Cuando vuelvan a vivir, si vuelven, tendrán un disfraz distinto, manipulable e imaginado. Serán fantasmas que me miran y me habitan, espejos borrosos de una misma. Llevan máscaras impasibles, no tienen edad, están hechos de harapos de estrellas fugaces.

Te prohíbo, te exijo, te ordeno, dice una voz mientras miro el fuego. Lloro, grito. Nadie escucha. Es tarde.

Llora, grita, su madre se desespera. Le da una bofetada.

Yo te acuso de haber habitado mi vientre a destiempo.

Te acuso de haberme hecho vomitar hasta el agua.

Te acuso de haber crecido dentro de mí, escandalosamente.

Te acuso de poner en evidencia y hacer ostentación de un acto tan vergonzoso y repugnante.

Te llevo dentro contra mis sentimientos, y mis sentidos.

Siempre serás mi vergüenza.

Ella se deshace las trenzas.

Llora y grita como si estuviera naciendo.

Pero no quiere nacer. La sacaron con fórceps, murmura el viento.

Quiere morir.

La Madre Superiora trata de soltarla del abrazo de su padre. Aparecen más monjas, espectros vestidos de oscuridad. Ella dice que se está muriendo. El colegio es un caserón sombrío en pleno bosque. Semejante a una tumba.

Nadie se muere a capricho. Solo Dios es dueño de la vida y de la muerte. El Niño Jesús no la va a querer nada. No le gustan las niñas como usted.

No me importa que Jesús no me quiera responde ella.

Pida perdón inmediatamente, inmediatamente. De rodillas, niña.

Grita que no le da la gana. Araña y muerde las manos de las monjas. A duras penas la desprenden de su padre. Le dicen que se vaya.

No pide perdón.

Una monjita sujetándola fuerte contra la pared le dice al oído que a las niñas malas como es ella, el diablo las ronda por la noche y las lleva al infierno.

El miedo le cala los huesos. Tiene cinco años. Su padre se ha ido y está rodeada de espectros. Y de diablos. Casi no puede respirar, tiene el corazón agitado.

Ahora la tienen sentada en una silla en el Salón de Actos. Sola frente a la Comunidad.

No llorará

No gritará

No cantará. Exceptuando en la capilla. A Dios, a la Virgen María o a los Santos.

No hablará. Solo durante el recreo.

No se reirá. Solo a su debido tiempo, y nunca a carcajadas.

No mirará a los ojos de los superiores en edad, dignidad, y gobierno, cuando ellos se dirijan a Ud.

No se meterá en la bañera sin haberse puesto el camisón apropiado.

No escribirá cartas ni diarios sin el consentimiento de La Madre Prefecta. Ella juzgará la pertinencia de lo escrito.

No hablará con los sirvientes ni empleados del colegio.

No irá a comulgar sin haber pasado por el confesionario previamente.

No irá a la confesión sin haber hecho antes un exhaustivo examen de conciencia, consultando en todo momento el Librito Azul o el Manual de Devociones.

No utilizará el cuarto de baño a voluntad. Solo podrá usarlo por la mañana y después de las oraciones de la noche.

No se permitirá ningún tipo de insubordinación. Está usted aquí para aprender a obedecer sin chistar.

No se permitirá ninguna alusión al Glorioso Alzamiento Nacional, ni a nuestro Generalísimo Franco, invicto Caudillo de la Patria.

Pues bien, dice el coro desde las brasas, estos son los puntos sobresalientes del Reglamento que se los aprenderá usted de memoria, y que cumplirá a rajatabla, so pena de expulsión y sus consecuencias.

Cualquier desacato a la autoridad por mínimo que parezca, conlleva un castigo ejemplar.

Por supuesto queda terminantemente prohibido mezclarse con las niñas becadas, es decir, las de no pago. Se sabe muy bien quienes son porque no llevan corbata, ni sombrero como ustedes, y funcionan fuera del circuito habitual, en otras salas contiguas al edificio principal.

Ahora, irá usted a la capilla, e implorará el perdón de Dios por haberle ofendido. Luego hará lo mismo con ésta Comunidad, por último y habiendo hecho ya La Primera Comunión, se confesará antes de ir al dormitorio; de esa manera evitará morir en pecado, si la muerte nos llevara durante el sueño.

Pausa.

Se ha consumido completamente la hoja.


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La pintura es de Caravaggio, se llama Le glamour du desmai

lunes 12 de octubre de 2009

La recóndita sensualidad de mi esqueleto



Me permito cuatro letras respetuosas, y una mirada extranjera y tardía a propósito del entuerto eliminatorio en Copenhague. Entiendo que la decisión de dejar a Madrid bailando el chotis en casa, no tuvo por tanto nada que ver con E.T.A., ni con los vascos, ni con el I.R.A, ni con los palestinos. Ni con los talibanes. Y eso es de por sí, un respiro.

Qué barbaridad, qué mal perder han tenido los Madrid, opinan por éstos lares unos y otros. No hay que tomarse las cosas tan a pecho, dicen. Y algo de razón tienen, porque no se puede andar por el mundo de perdonavidas, a rabieta limpia. Hace feo, irrita el cólon, baja hasta el suelo la comisura de los labios y desmadra la lengua. Hay que ver las bobilongadas que por Dios por la Patria y por el Rey se han dicho desde España y desde Dinamarca.
Vi a Juanca hecho unos zorros, con esas barbas, de esas pintas, chapurreando algo entre lengua y balbuceo, en forma de acertijo. Algo impreciso parecido al inglés. Motivos tenía el de Borbón para haberlo aprendido con más garbo, teniendo una abuela escocesa. Pero en fin, corramos un tupido velo sobre el gracejo políglota del heredero de Franco.

Estaba el rubicundo monarca, embriagado por las por circunstancias adversas al capricho español. Embriagado por las cuatro esquinas. Embriagado además por el frenesí del momento.
Él siempre se emociona mucho en situaciones claves, elegidas con esmero por su asesor de imagen o por la mandona de su nuera. Desde que se han puesto de moda los funerales, ora a cargo del terrorismo de E.T.A , ora a cargo del terrorismo de Estado, apodado defensa de la democracia, en territorio propio o ajeno, Borbones, cortesanos y consortes, convertidos en coro griego, no se pierden uno, saben que llorar frente a cámara mola, gusta a la plebe, llena las pantallas del país y subleva los ánimos ya sabemos contra quienes. Pero bueno, es un tema trillado y me aburre.

Os comentaba que le noté al heredero de Franco embriagado por el dolor. Un dolor punzante adecuado a su trabajo, justo cuando el juez pronunció el veredicto olímpico y dijo Brasil en lugar de Madrid. Rezumaba mala uva el barbudo, hundido en mil cábalas, preguntándose quizá, en qué momento aciago olvidó peinar la muñeca antes de ir a Copenhague. Quién le hubiera dicho que iba a ver esfumarse a ritmo de samba los miles de millones de euros que hubieran supuesto las Olimpíadas en Madrid. Un festival de oro para Brasil, para los cariocas. Un poco de oro que regresará al Continente de donde fue arrancado a toneladas hace siglos.

Quién hubiera dicho que los sudacas emergentes, indios de porquería, culos de mal asiento, serían los elegidos en algo, alguna vez.
Madrid no dejaba de lloriquear viendo como ardía en la hoguera de las vanidades, ay, ay, ay, la ocasión de mirar al mundo desde el trono, igual que antaño, cuando Felipe II.

Para lágrimas bonitas, las que corrían a cántaros por el rostro de Lula da Silva.

Samaranch, casi se muere en directo el muy pícaro, con tal de conseguir los votos necesarios para Madrid. Mientras tanto la delegación española de corbata y corpiño verdes, dejaba de respirar, musitando para sus adentros el abracadabra: tengo una corazonada…

Sabed respetable público, que no solo es verde el color del trébol irlandés, el de Greenpeace, o el de la corbata circunstancial de Juantxu de Borbón, no. También se pinta de verde la envidia. Y la envidia es uno de los pecados Capitales más castizos. Ojo, que no lo digo yo que soy de Mundaka; que lo dice el propio Fernando Díaz- Plaja. Si, si, aunque se os revuelva el píloro.


No había más que observar la manifestación madridista de paroxística alegría cuando perdió Chicago. Aun en trance, la eyaculación precoz llegó con la eliminatoria de Japón. Y cuando todavía la comparsa roja y gualda no se reponía de la impresión, cayó del Olimpo el tan español Coitus Interruptus. Qué le vamos a hacer, no siempre se puede alcanzar el éxtasis. Dicen que hay placeres reservados únicamente para los dioses.


Y me pregunto ¿conseguirán los íberos superar el soplamocos o se les habrá quedado el lagrimal sublevado y en recesión? ¡Y qué dirán los olímpicos retoños de sus majestades!, los de la teta real.
La Queen, flemática, medio germana y medio griega, andaba de acá para allá, de ciaboga en ciaboga, capeando la borrasca, solfeando mejor que su virtual y los cortesanos. Porque ellos y ellas, los proletas gubernamentales que juran deslomarse taconeando interminables alfombras rojas en aras del pueblo, allá estaban, en Copenhague, arengando las huestes, entre fiesta y celebración, justificando gastos con lo primero que tenían a mano: soflamas, consignas, grititos, banderas y abrazos estrujados. Porque España cuando besa, es que besa de verdad. Decía un tal Manolo Escobar. También sopla y relincha con relativa frecuencia, parece ser.

España está acostumbrada de toda la vida a codearse con Dios bendito, con la Virgen, con los Santos; y le sabe a cuerno quemado haberse quedado sin la antorcha olímpica, y sin rellenar las arcas.
Lo único que puedo añadir para ilustrar lo que digo es que, cuando era chiquitina, chiquitina, nos hacían aprender en clase de religión, por orden expresa de El Caudillo, que era dueño de vidas y conciencias, lo que el Sagrado Corazón de Jesús, sin intermediarios, le había dicho al P. Hoyos.
¿Y qué le dijo?

“Reinaré en España y con más veneración que en otras partes”

¿Quién oyó el «reinaré»?


El P. Bernardo F. de Hoyos, S. I., nacido el 21 de agosto de 1711 en Torrelobatón (Valladolid) que después de estudiar en los Colegios de la Compañía de Medina y Villagarcía, entró en el Noviciado en esta misma población el 11 de julio de 1726. Siguió los pasos ordinarios de su formación religiosa y literaria en Villagarcía, Medina y Valladolid. Se ordenó de sacerdote el 2 de enero de 1735 y pasó muy santamente a mejor vida en Valladolid el 29 de noviembre de 1735.
Breve fue su vida –de solos veinticuatro años– mas «llena de tantas misericordias y gracias sobrenaturales del Señor, que sólo un Dios infinitamente amante de las almas puras podría amontonarlas en una larga vida» (P. Loyola). Había sido en el siglo, «modelo de inocencia, piedad y aplicación al estudio» (P. Astrain). Ya religioso «...fue un joven de virtud singularísima... de perfectísima obediencia con la que se entregó totalmente a la dirección de los superiores, no desviándose de ella ni un punto y manifestándoles confiadamente todas sus cosas y aun las ilustraciones que recibía de Dios para no apartarse en lo más mínimo de la perfección; de castidad angélica... Ejercitó siempre la humildad... fue ilustrado por Dios con el don de una altísima contemplación, predijo muchas cosas futuras que se verificaron con el tiempo y penetró más de una vez los secretos de corazones ajenos...» (P. Manuel del Prado). Circunstancias y texto de la revelación Estamos en el 14 de mayo de 1733. Cuenta el Hermano Hoyos 22 años y es estudiante muy aventajado de Teología. Leamos el autógrafo del P. Loyola, (L. III, cap. I, p. 116): «El día de la Ascensión del Señor se repitió la misma visión del Corazón Santísimo de Jesús, pero con circunstancias más particulares que me obligan a referirla con las mismas palabras del joven: «Después de comulgar (escribe Bernardo), tuve la misma visión referida del Corazón, aunque con las circunstancias de verle rodeado de la corona de espinas y una cruz en la extremidad de arriba, ni más ni menos que la pinta el P. Gallifet; también vi la herida por la cual parece se asomaban los espíritus más puros de aquella sangre, que redimió el mundo.

Convidaba el divino amor Jesús a mi corazón se metiera en el suyo por aquella herida, que aquél sería mi Palacio, mi Castillo, y Muro en todo lance. Y como el mío aceptase, le dijo el Señor: ¿No ves que está rodeado de espinas y te punzarán?, que fue irritar más el amor, que introduciéndose a lo más íntimo, experimentó eran rosas las espinas. Reparé que además de la herida grande, había otras tres menores en el Corazón de Jesús, y preguntándome si sabía quién se las había hecho, me trajo a la memoria aquel favor con que nuestro amor le hirió con tres saetas.

Recogida todo el alma en este Camarín Celestial, decía: «Haec requies mea in saeculum saeculi, hic habitabo quoniam elegi eam». Dióseme a entender que no se me daban a gustar las riquezas de este Corazón para mí solo, sino que por mí las gustasen otros. Pedí a toda la Santísima Trinidad la consecución de nuestros deseos, y pidiendo esta fiesta en especialidad para España, en quien ni aun memoria parece que hay de ella, me dijo Jesús: «Reinaré en España, y con más veneración que en otras muchas partes». Hasta aquí las palabras de nuestro joven. (Véase el autógrafo y la fotografía en Razón y Fe, t. 102, p. 23).
año II, nº 29, páginas 249-251 Barcelona-Madrid, 1 de junio de 1945 ________________________________________

Si a esto añadimos que los malos modales de La Virgen del Pilar que no quería ser francesa.

Que no quiere ser francesa


Que no quiere ser francesa,

a Virgen del Pilar dice

que no quiere ser francesa,

que quiere ser Capitana
de la tropa aragonesa

de la tropa aragonesa
La Virgen del Pilar dice.

Un orgullo singular tienen
los aragoneses
un orgullo singular
porque tienen por Patrona
a la Virgen del Pilar
a la Virgen del Pilar

tienen los aragoneses.


Font: Las canciones del pueblo español. Juan de Aguila (Unión musical española) - Pàg. 52

La Basílica de la Virgen del Pilar es la más extraordinaria que tiene España como prueba de una antiquísima y profunda devoción por la Santísima Virgen María. Esa gran basílica mariana con sus once cúpulas y sus cuatro campanarios es famosa en el mundo entero, puesto que en el año 40 AD se apareció ahí la Madre de Dios al Apóstol Santiago. La Virgen vino mientras aún vivía en la tierra. Es decir apareció en carne mortal. Desde entonces, a través de los siglos, ha mostrado su protección especial con repetidas gracias, milagros y portentos, ganándose la piedad de los españoles, que le tributan culto con gran devoción.


Y para colmo de desdichas apareció en el panorama guerrero de entonces y hasta ahora, el Apostol Santiagol, conocido familiarmente como Santiago Matamoros.

Me permito unos simples incisos para ilustrar rápidamente quién fue históricamente semejante individuo.
Santiago Matamoros Artículo de la Enciclopedia Libre Universal en Español. Santiago el hermano de Jesús es considerado el patrón de España. La leyenda atribuye a Santiago la evangelización de España, pero la tradición de Matamoros se remonta al reinado de Ramiro I, a quien los moros de al-Ándalus reclamaron el tributo de las cien doncellas que tenían impuesto a los cristianos. Ramiro I no quiso entregarles las cien doncellas y como resultado tuvo lugar la batalla de Clavijo. Según la leyenda, se le aparece en sueños el Apóstol Santiago, que le revela que él ha sido designado por Dios como Patrón de las Españas. Durante el combate Ramiro invoca a Santiago al grito de « ¡Dios ayuda a Santiago!», y aparece sobre una nube en un caballo blanco. Los moros son vencidos.

Santiago se impone así, como protector de los cristianos contra los musulmanes durante el resto de la Reconquista, y adopta el sobrenombre de Matamoros. En la batalla de Hacinas el Conde Fernán González invoca a Santiago al grito de: « ¡Santiago y cierra España!» que quedará como el grito de batalla cristiano por excelencia. De esta manera desplaza a san Millán, el otro santo al que, por tradición, se le consideraba patrón de España.
Ya en América, Santiago Matamoros se transforma en Santiago Mataindios, al ser invocado por los españoles contra los indios precolombinos. Hoy en día el apodo de Matamoros es políticamente incorrecto y apenas se usa, ante el temor de herir susceptibilidades dentro del islam. Se han retirado estatuas de Santiago Matamoros de emblemáticas iglesias como la Catedral de Santiago de Compostela, por esta causa Santiago y cierra, España!, es una tradición cultural española basada en un grito de guerra y autoafirmación pronunciado por las tropas españolas de la Reconquista, del Imperio y de época moderna antes de cada carga en ofensiva. La primera vez que se utilizó fue en la batalla de Navas de Tolosa,[cita requerida] por el rey Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra, apodado El Fuerte, y posteriormente fue utilizado en cada ocasión que se enfrentaban tropas españolas cristianas contra musulmanas.

El significado de la frase es, por una parte, invocar al apóstol Santiago, patrón de España, y por otro, la orden militar cierra, que en términos militares significa trabar combate, embestir o acometer. El vocativo España, al final, hace referencia al destinatario de la frase: las tropas españolas.
Una vez acabada la Reconquista, la frase no dejó de utilizarse, especialmente por las brigadas de caballería española, en cuyo himno está incluida la expresión que nos trata, como cierre del mismo. Su utilización como tópico cultural lo convierte, desde finales del siglo XIX, en algo peyorativo, incluyendo el juego de palabras con el verbo cerrar, en alusión al aislamiento frente a la modernidad del que se responsabilizaba, desde el Regeneracionismo a las corrientes casticistas y al pensamiento costumbrista español.

Desde ese punto de vista, es usual citar la frase sin poner la coma, con lo que se convierte en ¡Santiago y cierra España! (lo que no quiere decir lo mismo).
Con un propósito reactivo, fue el lema elegido por la revista derechista de los años 1930 Acción Española, vinculada a Ramiro de Maeztu. Era el grito que lanzaban El Guerrero del Antifaz y el Capitán Trueno, héroes de cómic de la posguerra española y el franquismo.1 __________________________________________________________

Franco por ejemplo, tenía la manía de entrar bajo palio en la iglesia, porque creía que era Dios.


(Y pensar que a mi primo Boni le encerraron y le aplicaban electroshocks por decir lo mismo…)
Cierro paréntesis.

De modo que el bramido ibérico actual de: “A por ellos…”, tan deportivo, tan racial, tan olímpico, tan gilipuertas, tan ambiguo, tan siniestro, no se diferencia en nada del ¡Santiago y cierra España! del ¡Viva Franco! ¡Arriba España!, de otra época, que no acaba de morir. Ninguna diferencia. Son alaridos a prueba de tiempo. Es el rugido que unifica a todos los Partidos políticos españoles y mercenarios. Les unifica casi tanto como E.T.A. O como Euskadi. Lapsus.


Sigo. Hay elementos en las filas a los que no se les puede sacar de casa, porque la montan parda. En cuanto sobrevuelan los Pirineos se les sube el Botafumeiro a la cabeza y piensan que cualquier chorrada les es permitida.
A los hechos todavía frescos, me remito: las fotitos oficiales de Zapatero y nenas. Ahora el cabreo nacional por la eliminatoria olímpica. A ver cual es la próxima sinsorgada.

En Copenhague, sin ir más lejos, a Ruíz Gallardón, alcalde de Madrid, se le notaba el subidón de bilirrubina.
Rajoy, fiel a sí mismo, a juzgar por el gesto, no sabía ni por dónde le daba el viento, perdido mirándose el ombligo. Esperanza Aguirre, disfrazada de lechuga desesperada, enarcaba las cejas anonadada. No podrá lucir modelitos olímpicos en 2016, ni podrá dejar de verde que te quiero verde, a Carla Bruni. Por, lo menos no en Madrid.

Y Zapatero, con esa cosa suya de vivir sin vivir en él, con ese talante que aburre a las piedras, que tanto se parece a la abulia, pensó en cámara lenta que debía, nobleza obliga, felicitar a Lula, y le felicitó, como que no quiere la cosa.


Los deportistas olímpicos nacionales, contagiados por la patriotería, se secaban el llanto con la bandera.
Parecía aquello la Corte de los Milagros.

En el ajedrez, única monarquía que respeto, cuando se pierde la partida, el rey se inclina.
Otros, con el Mate Pastor ad portas, incapaces de digerir la derrota, dan la vuelta al tablero; y ahí están, tocándose las pelotillas a ritmo de jazz; como uno que conozco .

Decía que me alegro mucho de que haya ganado por goleada, Brasil.


Confieso que el tema olímpico, no me emociona. Pero el otro día disfruté hasta desmadejarme de risa viendo a Charlie I of Spain, en Copenhague, con su barba en ristre, descerrajando el inglés de su abuela con esa sutileza que le distingue, los papos de rojo-rioja subido, y corbata verde color esperanza, a punto de cantar Asturias patria querida…
Entráronme entonces, y solo entonces, muchas cosquillas, mucho alborozo, grandes risas, y púseme de inmediato a sacudir la recóndita sensualidad de mi esqueleto bailando samba, empezando el día.

Cotorrear sobre éstas menudencias viene a cuento de que estaba haciendo zapping buscando alguna gansada que me hiciera olvidar una imagen que sobresalta. Que me sobresalta. Erase una vez un niño, en Brasil.


En cuanto a la gansada, la he encontrado: El desfile del ejército español en el día de La Virgen del Pilar, patrona de la Hispanidad. Día en que algunos celebran el Desmembramiento de América.
Ninguna novedad. Bueno sí; Charlie se ha afeitado la barba, y su cachorro de uniforme militar investido, sigue con ella, con la barba.

¿Qué más? Han enseñado tanques nuevos para guerritas de sesión continua, y como son caros, piensan amortizarlos matando sarracenos.
Para eso está Juanca. Para poner coronas de flores en la tumba de soldados conocidos. Y está el gobierno en pleno, para consternarse cuando corresponda. Y está Rouco Varela para decir que los malos, los afganos, irán al infierno, y los buenos, los pobres soldados españoles que han ido donde nadie les llama a encontrarse con la muerte, irán al cielo. Y ya está.

Nada más empezar el desfile militar, han bajado la banderita en paracaídas; desde el cielo, naturalmente. Todos aplaudían y se emocionaban. Dónde estás Corin Tellado. Luego, cómo no, ha desfilado La Legión y su mascota, la cabra de marras. Pobre cabra, a saber por cuántas bajezas tiene que pasar. Ni pensarlo quiero.

En vista de que no se pasa el susto de la fotografía, esperaré el momento silencioso, cuando solo escuche mi propio corazón, y entonces escribiré lo que ahora no puedo. Hasta dónde la verdad llegue, chica de Ipanema.


Olha que coisa mais linda

Mas cheia de graca
E ela menina
Que vem e que passa

Num doce balanco

Caminho do mar

miércoles 23 de septiembre de 2009

Dímelo al oído tan solo a mí...





No, ésta noche no he soñado con Manderley. Eso solo puede hacerlo Daphne Du Maurier. Ésta noche, despierta, me he perdido sin querer en el laberinto de la memoria o de la imaginación caprichosa y despiadada. Fuera ha empezado el otoño quebecuá, al fin, oh placer de los sentidos. El viento sacude las ramas de arce cerca de la ventana, las mismas que me han sacado del dormir profundo en el que estaba a saber en qué abismos sumergida. El rio San Lorenzo acarrea en sus aguas caudalosas hacia el mar, los estragos de un sol omnipresente, y Montreal descubre poco a poco su belleza única de diosa otoñal. Dentro de poco las hojas de mil colores nunca iguales a ningún ayer, bailaran en el aire hasta caer rendidas esperando la protección de la nieve para alimentar la tierra.



Por la ventana semiabierta solo entraba el silencio. En ese entretanto he pretendido cerrar los ojos, como si al cerrarlos negara todo acceso al pensamiento, a las imágenes que apresuradas se disputan el primer plano. Es mucho el frenesí. Algunas vienen desde muy lejos, muy lejos. Ni siquiera son mías. Son de una niña muy chiquita, casi recién nacida, que está nadando; quizá flotando en el agua tibia de una playa o de un rebalso, al anochecer. No hay nadie, solo ella. Una soledad áspera.

Debe ser porque ayer encontré una fotografía que me regaló cuando ambas estábamos llenas de secretos confesables, sin saberlo.

Sigo.

Algo malo habría hecho esa niña de apenas seis años para que la llevaran a un internado siendo tan pequeñita, tan frágil. Algo malo. Los niños son malos por definición; afirman rotundamente los mayores. Algo malo debió hacer la criatura, porque uno no se desprende así como así de los hijos de la noche a la mañana si no es por fuerza mayor, o porque te los quitan, o porque desaparecen. Sobre todo una madre. Sobre todo un padre cariñoso y entrañable como era el padre de Rosamunda. Aunque demasiado ausente, demasiado conciliador, incapaz de enfrentar a su esposa o al resto de sus cuatro hijos varones.
Recuerda mi amiga que una vez, la tuvieron que arrastrar escaleras abajo para llevarla de nuevo al colegio después de unas vacaciones de Navidad en casa de sus padres. Jura que aquella mujer se desprendía con rabia de los diminutos brazos que no querían soltarla, que seguían buscando la protección de una caricia, de un abrazo, de algo que pareciera ternura. Pero cuando se aferró a la barandilla de roble magníficamente torneada, las manos de la madre golpearon arrebatadas las de su hija, una y otra vez, una y otra vez, y otra, y otra. Así fue desprendiendo, mejor dicho, arrancando de la madera, uno por uno los diminutos dedos que hinchados y enrojecidos se resistían a ceder, esperando el milagro.

Por qué no me quieres, por qué no me quieres.

Cállate de una vez , dijo la madre desde el umbral de la puerta. Espero que las monjas te enseñen a ser dócil y disciplinada. Te estás portando fatal. No volverás a casa hasta que termine el curso. Mira el escándalo que estás armando. Qué vergüenza. No te quiero nada. Vete antes de que pierda la paciencia. No te quiero ver, mala hija. Vete.

Rosamunda aun recuerda la nausea desde la garganta hasta el astrágalo. Recuerda los golpes en las manos, el descontrol. Palabra por palabra, gesto por gesto, recuerda todo: la densidad del aire, el color de la luz entrando por las vidrieras de la escalera, los temibles ojos negros de aquella mujer, pozos sin fondo.

Entre su padre y el chófer la bajaron al coche envuelta en una mantita de lana escocesa de color marrón, beige, verde hoja y rojo oscuro, con ribete de cuero. Olía a Atkinson´s. Y así se quedó, acurrucada en el asiento de atrás, su cabellera de largas trenzas descansando sobre el regazo de su padre. Era una mañana muy fría de invierno. La niebla a ras del suelo obligaba a circular despacio por carreteras desoladas, entre nogales y espinos fantasmagóricos.

Mientras Rosamunda empapada en lágrimas fingía dormir, el padre con voz queda y muy triste, musitaba una canción, mirando sin ver a través de la ventanilla. Asegura ella que es la única vez en la vida que le oyó cantar. Ni volvió a escuchar aquella canción que decía así:

Dímelo al oído tan solo a mí, que nadie te ha querido como yo a ti.

Bien sabe Dios que no fue él quien eligió desprenderse de su hija tan temprano. La tragedia hasta el final de sus días fué que nunca le dejaron demostrar lo muchísimo que le importaba. Para aplacar la envidia reinante y el resentimiento en el seno familiar, tuvo que desprotegerla, tuvo que alejarla. Tuvo incluso que simular indiferencia y menosprecio.

No se le permitió ver crecer a su hija, ni tenerla cerca, ni cuidarla, ni quererla con toda el alma. Porque ese tierno sentimiento, su noble cariño, fueron desde un principio, el mayor de los delitos, un pecado imperdonable.

Tanto es así que Rosamunda confiesa haber sentido, cuando todavía nadaba en las procelosas aguas de un útero implacable, el rechazo visceral de su madre, y el gran amor de su padre.


De no haber sido por esa dulce y honda querencia, hubiese nacido autista.

Tanto es así que Rosamunda sostiene que aquel hombre murió antes de tiempo porque no pudo soportar la envidia, el rencor, los celos, la codicia y la ambición, entre los suyos, a su alrededor. Tarde se dio cuenta que la mala sangre había calado hasta el tuétano. No quiso seguir viendo, y no quiso luchar más. Cuando la muerte piadosa vino a buscarle, le encontró de la mano de su hija, en paz. Antes de irse le dijo: Defiéndete. Acuérdate de mí y defiéndete.
Y ella no lo ha olvidado.

Pero ahora es tarde para afirmar o negar palabras al borde de la eternidad. Fabulaciones y sobresaltos se entremezclan y acosan de madrugada. Quién sabe si mi amiga cuenta verdades a medias, o misericordiosas mentiras cuando mira su vida.

Sobresaltos y fabulaciones, conservan en la retina la textura de la pintura en la pared de la enfermería del internado del fabuloso colegio, donde pasaba las horas encerrada. Tuvo mucho tiempo para leer y pensar, para seguir el ir y venir de las sombras acechantes, de las sombras cuando se detenían, como un mal presagio en el dintel de la puerta, de las sombras cuando se agrandaban gigantescas hasta el techo sin fin. Y aquel olor a vela rancia, consumida. Los hábitos, las monjas. Los escrúpulos de conciencia.

La noche cubría de temores imprecisos, el cuerpo frágil e insomne de Rosamunda. Luego amanecía, y la soledad se agazapaba en el aire esperando otra vez las tinieblas. No había tregua ni sosiego. Había que apretar los dientes para no dejarse abatir completamente. Mejor enseñar las zarpas. Contra todos. Supo entonces que los lazos de sangre llegaban hasta donde empieza el desamor de los consanguíneos. Ella en adelante solo querría a quien la quisiera; tal vez.

Iba pocas veces a casa de su familia, sobre todo después del incidente de las escaleras.Nunca fué bien recibida. Siempre la tenían interna so pretexto de estar recibiendo una esmerada educación. Cabría entonces mencionar cómo y cuánto en esa refinada educación, en ese mantenerla enclaustrada, operaban poderes fácticos.


Por ejemplo el de una íntima amiga de la casa. La llamaremos Lissette. Tenía gran ascendiente en la madre de Rosamunda. Era una ser que reptaba. A medio camino entre Dios y el diablo, medio monja medio seglar, medio hombre medio mujer, de edad indefinida, gorda fellinesca pero de rancias carnes desmadejadas, boca babosona y pelo recortado a cuchilladas. Era rata de sacristía, de alcantarilla, y simplemente rata. Mucho más mala que buena, amiga de obispos y Cardenales, persona extremadamente influyente, e intrigante, profesaba una devoción sin límites hacia los padres de Rosamunda. Sobre todo hacia la madre. Más que devoción, era una obsesión malsana. Llegó el momento en que pensaba por ella, decidía por ella. Decidió por ejemplo que Rosamunda era una influencia nefasta en el hogar, que era respondona, arisca, un calvario para todos. Que había pecado gravemente contra el Cuarto Mandamiento, escribiendo una carta feroz al padre en contra de la madre, cuyo texto, consistía en seis palabras: Qué delito cometí, contra vosotros naciendo. Nada más, solo eso.

Bastó esa acusación, para que efectivamente se tomaran medidas más estrictas y radicales contra la pequeña gran pecadora. Se alargaría el internado per omnia secula seculorum. Se le cortarían las trenzas. Es una sacrílega sentenció Lissette. Se atreve a ir a comulgar sin confesarse. Vive en pecado mortal. Irá al infierno. Pecar contra los padres es un delito importante.
Y su boca llena de babas, temblaba iracunda. Lissette tiene razón, es una sacrílega, repitió la madre de Rosamunda. No sé qué medidas habrá que tomar con ella, no lo sé. Su esposo no opinaba, sin decir palabra se encerraba en el despacho. Hasta el día siguiente.

Durante años la gran sacrílega sufría de pesadillas recurrentes. Una ola de fondo se elevaba hasta el cielo, oscura y espesa, oscilaba detrás de la niña, amenazando con tragarla. Hasta que un día, se dio la vuelta y se atrevió a mirar el fondo del abismo.

No, no he soñado con Manderley. Quién pudiera. Sin embargo Rebecca habita la memoria. Cuando me encontré con la novela por primera vez tenía apenas 16 años y estaba en Inglaterra estudiando. Mi habitación era antigua, auténticamente antigua, un gran ventanal daba al bosque, tenía una cama cuya cabecera era una lamia labrada en madera de nogal, tenía la cabellera suelta y con ella abarcaba en semicírculo la anchura del dosel. El colchón era de lana vareada por lo menos una vez al año. Las mantas también de lana pura eras de las que pesan y cobijan, de las que al mirarlas, al tocarlas entibian los sentidos, provocan y envuelven. Había una gran chimenea en mi dormitorio donde siempre ardía leña con olor a musgo. Quedarse a leer o simplemente a estar consigo misma era casi un acto sagrado, placer furtivo. En esas circunstancias apareció Daphne Du Maurier, y se quedó para siempre poblando misteriosas apetencias.

Si. Esta noche me ha despertado la memoria caprichosa y despiadada. Las horas detenidas, y tal vez una melodía zarandeada por las ramas y el viento de otoño.

Dímelo al oído tan solo a mí, que nadie te ha querido como yo a ti.

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La fotografía es de Max Waldman


 
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